La concepción marshaliana de la demanda difiere fundamentalmente de la concepción clásica. Para los clásicos, la demanda se refiere a cantidades necesarias para satisfacer necesidades particulares. Hay así “una demanda de subsistencia” para alimentar la población, una “demanda de trabajo productivo” correspondiente a la acumulación deseada de capital, una “demanda efectiva que permite la remuneración de los factores a sus tasas naturales y hace entonces venir los bienes sobre el mercado, una “demanda de bienes de lujo y de trabajo improductivo” eventualmente para garantizar desembolsos suficientes, etc. De esta concepción resulta dos consecuencias. La primera es que la demanda no es un concepto general. Existen demandas correspondientes a campos particulares y poniendo en juego comportamientos específicos que se deben articular, pero que son, de partida, distintos. La segunda es que las demandas están difícilmente relacionadas con los precios de mercado. La mayor parte del tiempo son rígidas, inelásticas. La población debe ser alimentada, lo que determina la demanda de trigo; se acumulará un cierto volumen de capital, lo que determina la demanda de trabajo productivo; el arbitraje entre la prodigalidad y la parsimonia determinará para los capitalistas y los propietarios de la tierra la demanda de bienes de lujo y de trabajo improductivo… En efecto, como hemos visto, la reflexión de los clásicos se dirige esencialmente hacia las fuerzas que gobiernan el precio natural, los cuales dependen esencialmente de la oferta.

El concepto de demanda extraño al análisis clásico juega el papel central en el análisis de Marshall. En primer lugar, porque la determinación de los precios de mercado (y no el precio natural) es uno de los principales problemas de estudio, de modo que la demanda toma un sitio natural al lado de la oferta. de otro lado, porque la demanda se convierte en un concepto general, pertinente para el conjunto de los mercados (productos, factores, bienes y servicios, activos reales y financieros,…)

La concepción marshaliana de los “bienes económicos” que son objeto de una demanda rompe radicalmente con a tradición clásica. Esquemáticamente, podríamos decir que una economía produce menos “bienes”, “satisfacciones” o “utilidades”, que los que los consumidores buscarán obtener en el mercado. Así, los servicios, igual que los bienes materiales, satisfacen ese criterio. Un “bien económico” es el que se compra en el mercado; su valor es el precio al que se compra. En esta óptica, la distinción bien servicio carece de contenido analítico: “a veces se dice que los comerciantes no producen: que, en tanto que el carpintero produce los muebles, el mercader se limita a vender lo que ya está producido. Pero esta distinción carece de base científica. Los dos producen utilidades y ninguno de ellos puede hacer más” (p.53). Una consecuencia anexa pero importante se deriva inmediatamente: la antigua distinción clásica entre trabajo productivo e improductivo desaparece. “Si se trata de tomar un nuevo punto de partida, es preferible considerar todo trabajo como productivo, con excepción de aquel trabajo que no consigue el objetivo al que se dirige y que, por ello, no produce utilidad alguna” (p.54–55).

Evidentemente la naturaleza de la demanda va a cambiar. Ya no se trata de una simple cantidad requerida para la satisfacción de una necesidad particular, sino de una relación que expresa, antes de toda transacción de mercado, la evolución de las cantidades demandadas de acuerdo con los distintos precios posibles. Es entonces un concepto ex-ante y es también una función que puede expresarse en una curva.

Sin duda esta noción se impone ahora con la fuerza de lo evidente; pero no podemos olvidar que al final del período clásico fue una formulación innovadora. Por supuesto las curvas de demanda fueron trazadas antes de Marshall por Cournot pero es el primer autor el que logró el mérito de desarrollar una teoría en este campo.

La teoría de la demanda de Marshall es esquemática e incompleta y se concentra en la demanda de un bien, o un grupo de bienes, frente a un entorno vagamente definido. La función de utilidad del individuo se define como:

u(x) + w(y) Donde x es el nivel de consumo del bien X, e y es el gasto en todos los demás bienes medido en dinero de poder adquisitivo constante. El cómo se define tal índice y si el precio de x está o no incluido en su cálculo es algo que no se aclara. Asumiendo la utilidad marginal decreciente del consumo del bien X y del bien Y, podemos deducir el gasto máximo e que el individuo está dispuesto a hacer para asegurarse el consumo de x unidades del bien X, cuando dispone de un ingreso total de m para gastar en todos los bienes. Esta función se define implícitamente como:

u(x) + w(m-e(x,m))-w(m)=0 Así, puede obtenerse la función inversa de demanda del bien x como:

f(x,m) = ex(x,m)=u´(x)/w´(m-e(x,m)) Puede comprobarse con facilidad que la demanda aumenta con el ingreso y disminuye con el precio del bien X. La demanda de mercado se obtiene simplemente agregando las demandas individuales.

Si los individuos pueden comprar x unidades del bien X al coste monetario total de c(x), entonces, el excedente del consumidor que éste obtiene con la compra es igual a:

s(x,m)=e(x,m)-c(x) Evidentemente, este excedente se mide en dinero. La ganancia en términos de utilidad está dada por:

b(x,m)=u(x)+w(m-c(x))-w(m) Si cada unidad puede adquirirse a un precio fijo, p, y si el consumidor maximiza su bienestar dado p, entonces:

c(x)=x.p = x.f(x,m)=x.ex(x,m) En consecuencia:

s(x,m)=e(x,m)-xex(x,m) Esta fórmula es exactamente la misma que obtendríamos al calcular la renta del suelo, en cuyo caso e(x,m) es el producto obtenido de la utilización de una cantidad x de factor variable, al que se le paga por su productividad marginal y m es el equivalente de la cantidad de tierra. Precisamente por esa analogía, Marshall utilizó hasta 1898 el término renta en lugar del, ahora más familiar, de excedente del consumidor.

Para Marshall, este caso general resulta de poca utilidad práctica ya que depende demasiado de elementos imposibles de observar en el comportamiento ordinario de los individuos. Por eso, formula a continuación un caso especial que puede ser útil como una aproximación, introduciendo el siguiente supuesto simplificador: admitamos que el bien X es poco importante en el consumo y que, por lo tanto, e(x,m) y c(x) son cantidades despreciables con respecto al gasto total m. En este caso, es válida la siguiente aproximación:

w(m-z)-w(m) = zw´(m) Además, la función de demanda puede expresarse como:

f(x,m)=u´(x)/w´(m) y, el excedente del consumidor como:

s(x,m)=b(x,m)/w´(m) Así, la función de demanda es proporcional a la utilidad marginal y el excedente del consumidor al beneficio en términos de utilidad (a b); el factor de proporcionalidad en ambos casos es el recíproco de la utilidad marginal del ingreso (1/w’(m)). Este resultado supone entonces que la utilidad marginal del ingreso es constante y es fundamental para la teoría de la demanda de Marshall y para sus aplicaciones a la economía del bienestar.

Si la utilidad marginal del dinero es constante, el análisis de la demanda se simplifica notablemente. Por ejemplo, cuando un precio baja, el ingreso real aumenta. La restricción presupuestaria se desplaza y los gastos pueden aumentar. Entonces, la utilidad del último franco gastado disminuye. En la teoría microeconómica esto es denominado efecto renta y analiza la influencia de una variación del ingreso sobre el consumo de un bien y sabemos que en el caso de bienes inferiores este es negativo. En la derivación de su curva de demanda Marshall descarta este efecto renta. Los bienes que él estudia son “de poca importancia” de manera que las consecuencias sobre el ingreso real de una variación del precio son descartables. La utilidad marginal del dinero se puede considerar en estos casos constante. Así es posible derivar la curva de demanda de un bien en función de su precio. La idea subyacente es que pariendo de una situación de equilibrio U´i/pi = U´m la disminución del precio significa que ahora U´i/pi > U´m como U´m es constante hace falta una disminución de U´i para restablecer el equilibrio. Esta baja se obtiene aumentando el consumo del bien i.

Pero aparte de que este razonamiento supone una utilidad marginal del dinero constante. Todo el análisis se conduce con la hipótesis de independencia de los bienes, de lo que resulta, una función de utilidad aditiva. Así que la demanda del consumo de cada bien puede tratarse con independencia de la demanda de los demás bienes. Marshall subraya que ciertos bienes son complementarios (sólo pueden utilizarse en conjunto de acuerdo con una relación técnica fija), y otros son sustitutivos (procuran indiferentemente la misma satisfacción). Tener en cuenta todas estas interdependencias lleva necesariamente a otra función de utilidad y hace más compleja la determinación del óptimo del consumidor. Esa será la perspectiva de Edgeworth en su trabajo del Giornale degli economisti (febrero 1891). A pesar de que Marshall menciona los trabajos de Edgeworth en las reediciones de sus principios se mantiene en su concepción. Él pensaba que las funciones de utilidad generalizadas “podrían tener un gran poder de atracción para los matemáticos” pero añadía “parecen menos adaptadas (que las funciones aditivas) para la representación de la realidad económica diaria” (Apéndice XII).

La teoría de la demanda planteada arriba parece demasiado restrictiva; aunque parece indispensable generalizarla a un número mayor de bienes Marshall no optó por ese camino, al menos en su obra publicada. Evidentemente, aunque cada bien puede tener una participación muy pequeña y despreciable en el gasto total, el consumo de todos esos bienes si puede afectar la demanda de los demás y la utilidad marginal del consumo. Los principios de Marshall nos ofrecen entonces una visión intuitiva del problema de optimización del consumidor, pero no de su traducción en las distintas funciones de demanda. Marshall, prefirió guiarse por objetivos más pragmáticos y esto no le impidió admitir, por ejemplo, la existencia de bienes sustitutivos o complementarios, e incluso la excepción de los bienes Giffen, todos ellos incompatibles con la teoría expuesta más arriba.


Búsqueda personalizada

GFDL