l territorio azteca estaba sujeto al poder central, que enviaba gobernadores y recaudadores de tributos, apoyados en guarniciones militares, a las diferentes áreas. Algunos lugares conservaban sus dirigentes y propiedades a cambio del apgo de un tributo, mientras otros estaban sometidos a un régimen que podría catalogarse como colonial. La tributación, muy importante en la tradición mesoamericana, buscaba tanto el dominio político de una zona, como su aprovechamiento y explotación. Gracias a ella, Tenochlitlán se convirtió en la pujante capital que conocieron los españoles, con diques de contención de agua, chinapas o plataformas artificiales de cultivo, y canales para canoas. Una red de calzadas enlazaba, asimismo, diferentes partes de la ciudad. En el impresionante mercado de Tlatelolco, llegaba a darse cita 25.000 personas. El centro comercial tenía 78 edificios, entre los que sobresalía el Templo Mayor, una pirámide de cuatro o cinco cuerpos en talud, en cuya cúspide habia un templo dedicado a Huitzilopochtli, dios de la guerra, y otro a Tlaloc, deidad de la lluvia. Cerca de alli se encontraban el centro dedicado a educar a la nobleza, el calmecac, y el palacio del Tlatoani.