La evolución del conocimiento matemático debe buscarse en la resultante del hombre como especie paulatinamente capaz de reunir experiencia y abstraer, y las muy condicionantes dinámicas propias de la evolución de cada sociedad. En ese sentido es probable que haya sido el propio cuerpo humano el instrumento y la referencia para los procesos de inserción de la experiencia dentro de la lógica y de la generación de conocimiento. No es menor el hecho de que el humano, por primera vez en la evolución, se haya hecho capaz de trasmitir información sistemáticamente por vía distinta a la genética, ya desde ese estadio evolutivo en que dedicó casi todo su esfuerzo a las funciones primarias de sobrevivencia: caza, pesca, recolección, reproducción y defensa, y adaptación o fabricación de útiles y armas para mejorar su desempeño. Es de presumir que ese momento se corresponde con el surgimiento de las nociones matemáticas, primero del contar, de número como consecuencia del contar y relacionar, y de medir luego, y que el propio cuerpo haya sido el elemento relacionante para realizar esas actividades de interpretación matemática de la realidad. Muchas de las referencias corporales surgidas en culturas sin relación entre sí han sobrevivido. Contar con los dedos, medir por pulgadas, cuartas, pies, brazas, pasos, codos, etc., parecen residir en la memoria genética de la humanidad en su conjunto.


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