El ESCRUPULO que en realidad corta las alas a la auténtica vida espiritual, cuyo núcleo es la perfección del amor y que lleva consigo el olvido de sí mismo- en el fondo le consuela: « ¡mira si soy bueno, que una nonada me aflige tanto! ». El perfeccionista no puede vivir si no logra vestir a diario la túnica de la inocencia. Una especie de orgullo satánico le hace aspirar a «ser como Dios»: en efecto, no conoce la humildad, que es aceptación de los propios límites, ni la esperanza cristiana, que es conciencia gozosa de que «la fuerza de Dios se revela en la flaqueza» (2 Cor 12,19). El sentimiento de culpa, debido a la frustración de las posibilidades expansivas, dialógicas y amorosas del ser humano, pasa a formar parte de la «imagen santa» que se ha hecho de sí mismo, y aun se convierte en el cabrito expiatorio (sündenbock de los alemanes, bouc émissaire de los franceses), que le oculta la visión de su error existencial de base, de su «herejía vital». Por ello es típico del escrupuloso su paradójico apegamiento a sus e., la resistencia enorme que opone a la cura radical de los mismos, su peregrinar de un confesor a otro en busca, más que de curación, de consuelo y de compasión.

El escrupuloso, pues, tiene una espiritualidad completamente falseada. Su imagen de Dios es la de un ídolo terrible, no la del Padre. La Encarnación del Hijo, que es asunción del mundo, de la carne, de la relatividad, de la flaqueza y del dolor humanos, no le conmueve. Él vive, contrariamente a todo cristiano, fuera de la Encarnación.

Cura de los escrupulosos. Consistirá, por tanto, no en combatir los escrúpulos, sino en un cambio radical de su actitud existencial, en una verdadera conversión. Por ello, los e. no se curan en el confesonario, sino mediante la conversación con un sacerdote experto (dirección espiritual), o con psicoterapia (v.) en el gabinete del médico especialista.

Los casos ligeros, o aun graves, pero agudos, pueden ser curados con un tratamiento rápido, enérgico y muy hábilmente llevado por los conocedores del método llamado de la «intención paradójica» de Frankl. No podemos detenernos en su descripción, pero consiste en «quitar el viento a las velas de la angustia», especialmente de la llamada angustia de expectación, haciendo que el enfermo en vez de huir de su síntoma se eche en sus brazos, exagerando su alcance, conduciéndole así a reírse de sí mismo. En efecto, es la angustia de la expectación lo que provoca la aparición del síntoma tan temido, como había ya notado S. Juan de la Cruz, que afirmaba que la causa de las tentaciones contra la castidad de muchos novicios de la vida espiritual es, precisamente, el temor exagerado que tienen de las mismas.

Cuando este método no resulta eficaz o cuando la personalidad del anancástico revela claramente su «herejía vital», su equivocado y reducido «modo de estar en el mundo», hay que ir pacientemente a lograr la radical modificación de esta estructura existencial. Normalmente es el psicoterapeuta quien debe encargarse de ello, y es incluso peligroso embarcarse en esa terEmphasizedapia si no se es un especialista. Ciertamente un experto director de almas puede lograr los mismos resultados, y los viejos consejos de Th. Müncker (o. c. en bibl.), así como los recientes de Goldbrunner (o. c. en bibl.) son preciosos y a ellos hay que remitirse. El terapeuta debe asumir el timón de la conciencia escrupulosa, prohibirá o limitará mucho la confesión y los exámenes de conciencia, y poco a poco irá descubriendo al escrupuloso sus errores de base, acerca de sus relaciones consigo mismo, con las cosas, con los demás y con Dios. Hay que lograr una verdadera reconciliación con la realidad total: sólo así la vida religiosa de estos pacientes alcanzará autenticidad y capacidad de desarrollo.

Es una duda q molesta y molesta hasta forzar a alguien a inquirir, escudriñar, y discutir el tema. A palabra escrúpulo viene del latin scrupulus, diminutivo de scrupus (piedra). Simboliza a una piedrecilla que se mete en el zapato y lastima el pie, hasta que uno se quita el zapato y lo sacude. Representa duda y recelo que punza la conciencia.


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